Un fin de semana en Regensburg

¡Hola! ¿Cómo estáis?

Esta semana nos os traigo ninguna receta, no he tenido tiempo de cocinar el domingo. Pero no quería dejar pasar otra semana sin pasarme por aquí. El blog empezó siendo un sitio donde compartía una receta con el mundo, pero ahora no sólo os cuento recetas, os cuento mi vida. De pequeña siempre quise tener un diario, no tengo muy claro si por el hecho de escribir o por comprarme cuadernitos. Los colecciono, tengo muchísimos, podría comprarme uno al día. Son como las agendas, siempre intenté tener una para los deberes, pero no había forma... Así que, ahora tengo mi diario, solo que no es secreto, más bien todo lo contrario. Nunca he sido mucho de contar nada, los que me conocéis sabéis que hay que sacarme las cosas con sacacorchos, y que soy feliz sin decir nada, para mí no existen los silencios incómodos. Pero he descubierto que me gusta recopilar en unos pocos párrafos lo que me ha pasado en la semana. Es una forma de recoger los recuerdos.

Regensburg

El fin de semana pasado nos fuimos a Regensburg, una de las ciudades más antiguas de Alemania. Alquilamos un coche, es que a veces me da el antojo de conducir y como aquí no tenemos coche… Tengo una idea idílica de la carretera. Cada vez nos toca uno diferente, siempre pequeños, que con los grandes me lío. No se me olvidará la vez que nos cruzamos los Alpes suizos con un Polo… hubo un momento que pensé que no podíamos, no podía pasar de 40 km/h e iba haciendo “colita” como digo yo. Creo que a algún otro tampoco se le olvidará ese día que cruzó los alpes detrás de un Polo. En fin, que me desvío.

Salimos el sábado pronto, para evitar el tráfico típico de Stuttgart, y lo logramos, pero no nos libramos de los camiones durante todo el camino. Empezamos el viaje con lluvia, pero a medida que llegábamos, se fue despejando y yo pensaba, que guay, el del tiempo se ha colado y nos va a hacer bueno, ja, tururú. ¿Os suenan las películas de dibujos donde los personajes iban de viaje por praderas soleadas y de repente llegan a un bosque y parece que van a entrar en el infierno?. Pues nos pasó exactamente eso, pasamos del sol más espléndido a la niebla más densa en lo que nos salimos de la autovía. Al principio creíamos que era un incendio… Pero es que el Danubio es un señor río y lo de la niebla le encanta.

Llegamos y lo primero que hicimos fue dejar el coche, que después de tres horitas conduciendo, ya no me gustaba tanto. Y es que José es un “hombre de su tiempo” como él mismo se define y no tiene carné de conducir, ¿para qué si tienes un chofer que te lleva? En fín, otra batalla perdida de momento.

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Nos fuimos a conocer un poco la ciudad antes de comer, aunque no nos dio tiempo a mucho, porque como aquí se come tan pronto, no quisimos que nos cerrasen las cocinas. Dimos una vuelta por el centro y llegamos hasta el río. ¡Qué chiquitín es el Danubio aquí! nos dijimos, y es que para nosotros el Danubio es un pedazo de río y ocupa un sitio muy especial en nuestros recuerdos. Como sabéis viví un año en Budapest y de recuerdo me traje a José.

Nos pusimos morados a codillo, como no podía ser de otra manera. José es un experto en codillos, no deja uno sin probar y le habían dicho un restaurante donde comer codillo de cochinillo, que por lo visto es muy especial. Así que nos comimos medio "Haxe" cada uno, con 1 litro de cerveza, algo así, ligerito.

Uno de los objetivos del viaje era practicar fotografía de viajes. Y es que cuando no soy yo la que compone la escena, no sé muy bien por donde me da el aire, un poco como en mi vida. Pero el tiempo no me acompañó y estuvo lloviendo casi todo el rato. Así que la cámara vio Regensburg casi desde la mochila. Aún así he logrado salvar alguna, pocas.

Regensburg

Regensburg es una ciudad con un casco histórico muy medieval, considerado patrimonio de la humanidad por la Unesco. Son típicas las casitas de colores y las callejuelas. La catedral de San Pedro es una preciosidad, no dejéis de entrar si tenéis la oportunidad. Hay restaurantes, tiendas y cafeterías por todas partes. Además tiene mucho ambiente al ser una ciudad universitaria.

El domingo vimos lo que nos faltaba de la ciudad y por la tarde fuimos a ver atardecer a Walhalla, como dos buenos frikis de la arquitectura. El  Walhalla es una reproducción de un templo griego que alberga los bustos de los héroes alemanes. No entramos, a mí los héroes alemanes me hacen plín, pero las vistas desde allí arriba son preciosas,  y me dieron para hacer mi foto favorita del viaje.

Vista desde Walhalla

Nos volvimos a Stuttgart de noche y diluviando, pasé miedo, de verdad. Había momentos en los que no veía por qué carril iba. Y los jóvenes bávaros, conduciendo sus BMW a 180km/h, no lo ponían fácil. ¿Sabéis cómo llaman en Stuttgart (sede de Mercedes y Porsche) a los BMW (que se fabrican en Munich)? Bayerische Mist Wagen o lo que en cristiano viene a ser, coche de mierda bávaro, todo desde el cariño, claro… Aunque les veamos tan serios, a veces gastan bromas, pocas.

Llegamos sanos y salvos y con pocas ganas de empezar la semana, según José tenemos depresión post vacacional. Pero la semana ya toca a su fin. Este fin de sí  prepararé receta, que además tengo un invitado súper importante a comer, el mismísimo Papa Francisco. ¿Cómo os quedáis? Muertos, ¿verdad? Jajajaja, el viernes que viene veréis de que va la movida. Mientras tanto, ¡feliz semana! 

Marta

 

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